Siempre me había sobrecogido el silencio del espacio. La galaxia nos cubre con un mar de estrellas infinitas que supera nuestra pobre visión, pero la realidad es que el vacío extremo ocupa casi todo lo que rodea la mota de polvo en la que vivimos. El todo es prácticamente la nada.
En esa nada me sumerjo día tras día para tratar de buscar la aguja en el mayor pajar jamás imaginado. Aunque todo hombre y mujer tiene un destino: la fuerte señal se impuso al aburrido ruido blanco y a la basura radioeléctrica. El mensaje más importante de la humanidad había llegado.